Trabajo con variedades autóctonas y también foráneas, pero siempre de cepas adaptadas al territorio y, en muchos casos, de viñas viejas que aportan profundidad y equilibrio natural. No me interesa la rareza por sí misma, sino la identidad que cada parcela puede ofrecer.
Las cofermentaciones son una parte importante del proyecto. No las utilizo como recurso creativo superficial, sino como una manera de integrar variedades desde la fermentación, generando vinos más armónicos y completos desde el origen.
Busco vinos aromáticos pero salinos, con frescura y textura, versátiles para distintos momentos. Vinos que se entienden desde el primer sorbo, que no necesitan explicación previa y que conectan de forma directa con quien los bebe.
Son vinos pensados para la mesa, pero también para la conversación, para el aperitivo y para el día a día. No buscan complicar ni impresionar. Buscan autenticidad, fluidez y placer honesto. Cada añada aporta matices distintos, pero la intención es clara: hacer vinos vivos, equilibrados y accesibles sin perder carácter.
